Te miro entre la gente y me acerco a ti, ¿qué hace un ángel como tú en este tugurio?, me pregunto.
Te saludo y en un rose de pieles aprovecho para besarte cerca de los labios.
No hay duda, eres quien he buscado.
Me invitas a bailar y con una sonrisa carmín acepto.
Los compases son lentos y cadenciosos, sé que esta noche será sólo para ti.
Una improvisada vuelta me acerca a ti y nuestras respiraciones se mezclan, las miradas lo hacen también, nuestros cuerpos bailan al son de la pasión.
Versos de lujuria aparecieron en mis manos, los leíste en mis caricias y escribimos aquella noche un soneto sobre una pista de baile.
Ése sólo sería el inicio de la antología poética que compondríamos esa noche.
Las miradas curiosas rompían el encanto, los fuegos en nuestros ojos centelleaban a la media luz del lugar, los espectadores de nuestro largometraje apenas si verían una pequeña parte.
Las miradas curiosas rompían el encanto, los fuegos en nuestros ojos centelleaban a la media luz del lugar, los espectadores de nuestro largometraje apenas si verían una pequeña parte.
Tango has dicho, veamos entonces qué pasa; no dejes que la intensidad se apague, recorre con la palma esta piel que clama por su contacto.
Une a dos almas en un paso de baile y dos cuerpos en un mismo lecho.
Vamos, sigue al bandoleón y su canto incitante.
Que sienta en mi vientre la fuerza de tu mirada, que tus besos recorran mis pechos con la misma voracidad que lo hacen tus pasos en esta danza que es fuego para la sangre.
Despójate de los complejos, despójame también de mis inservibles atavíos, ambos ahora no nos servirán más que de estorbo.
Que la gente mire, no importa, para qué encerrarnos entre cuatro paredes y dos sabanas cuando a plena danza el fragor de las carnes es más apetecible.
Lo que digan está de más, la verde envidia corroerá sus palabras ya cuando nosotros estemos embriagados de este licor de seducción.
Busca entre los pliegues escarlata la llamarada que tiene tu imagen, hace mucho tiempo que no bebo el néctar de la flor, ¡cuanta sed me ha provocado este baile!, tengo ansias de tu semilla, tomar aquello que sólo yo podría saborear con la desaforada locura con la que me deseas.
Es posible que las huellas de mis besos marquen más que tu piel, borren el pudor y acorralen a la decencia; ahora se te abren como ramos de jazmines, los labios que piden un beso impúdico pero que tanto placer nos traería.
Ya me has enamorado con tus movimientos sensuales, deja que yo te apasione con mis caderas entalladas en un vestido rubí.
No me sueltes, mantenme así entre tus brazos, arráncame esta obsesión por probar cada recoveco de la tez morena que me quema.
Late en mi interior una irreverencia, ahuyento a la prudencia y me entrego toda a la marea que oscila entre tus piernas, si pudieras ver que entre las mías te espera la promesa de una memoria inolvidable.
Apaguen las luces, las sombras serán nuestras sábanas y este son el lecho donde haremos el milagro del amor, hoy daremos vida a lo imposible y pecadores caeremos porque comeremos del fruto prohibido.
No me hagas esperar, quiero conocer los secretos del bien y el mal, que si me condeno a las llamas del infierno sea porque arde entre mis muslos un fuego más intenso.
Ahora que nada nos cubre, ahora que Adán y Eva saben su poder, llega hasta donde nadie ha llegado, abre la brecha del sendero que sólo una vez será surcado.
Tú, su dueño y autor, tendrás el privilegio de recorrerlo cuantas veces nos plazca.
Ahoguémonos en las aguas de la fascinación, que los sudores en piel sea la miel del manjar de las carnes en éxtasis.
Ya hallaremos más de una vez la cumbre de estos acordes sugestivos, música prohibida para los mortales, ahora que somos dioses de la noche gobernemos sobre nuestros latidos.



