jueves, 8 de marzo de 2012

Parra

La sangre empezó a esparcirse por la alfombra llegando hasta las patas de la mesita del teléfono. Tenía las manos cubiertas de sangre; no podía creer que había sido capaz. Se lo advertí, pero no quiso escucharme. Ese fue el problema desde el principio, nunca quiso escucharme. Y ahora  estaba ahí tirada sobre la alfombra con las tripas de fuera.
Cuando la conocí era tierna y coqueta, siempre venía a mí con una enorme sonrisa y dejaba que la mirara de lejos. Nos encontramos en el parque la primera vez, yo iba al trabajo y ella regresaba de una noche de farra. Estaba sentada en una banca, como tirada al sol y me senté junto de ella para hacerle compañía. No le dije nada porque parecía dormir y no quise despertarla, pero de inmediato se dio cuenta de mi presencia y se marchó.
La segunda vez, chocamos sin querer en un callejón y la tercera vino a mi casa porque llovía a cantaros. No quise dejarla ir y desde entonces empezamos a vivir juntos. Fue la novedad por varias semanas, me gustaba consentirla, le preparaba una cena especial todas las noches; pronto descubrí que odiaba el pescado pero amaba los dulces de leche; también le gustaba dormir hasta tarde y salir con sus amigos todas las noches. Eso no me molestaba pero de vez en cuando venían los vecinos a quejarse por el escándalo.
Los problemas empezaron cuando traje a casa a mi jefe y a su esposa. La señora era toda una hermosa dama y simpatizó conmigo demasiado rápido. Creo que eso le enfadó pero no dijo nada, sólo planeó el momento perfecto para tirarle encima la sopa caliente que yo había preparado para la ocasión. Estaba enfadado, no iba a permitirle que me hiciera escenas de celos que podrían costarme el trabajo. No le hablé en dos días pero ella siempre se acurrucaba junto a mí en la cama y me daba besos para que la perdonara.
Desde ese día las cosas se tornaron sombrías: se peleó con la vecina y le rompió toda la ropa porque me regaló una gardenia; intentó tirar de la escalera a mi prima cuando vino a visitarme y casi muerde a mi mamá cuando nos encontró abrazados.
Se había vuelto loca, aunque yo la amaba, debía detenerla. La llevé con un especialista y le mandó un tratamiento pero no funcionó. Ella no quería tomar las medicinas y se escapaba de casa, luego regresaba de madrugada arrepentida, yo me compadecía de ella y volvíamos a empezar el círculo vicioso. Yo empezaba a hartarme.
La noche en que salí con Laura, mi mejor amiga del trabajo, ella me siguió hasta el restaurante, armó un desastre y estuvo a punto de hacer que nos vetaran del lugar de por vida cuando tiró al chef sobre la barra de postres. Cada vez que regresaba del trabajo encontraba toda mi ropa echa girones, los platos rotos, la comida tirada en el suelo, restos de animales muertos en la alacena…Había sido suficiente. Intenté echarla.
-Vete, ya no quiero verte más-le dije pero ella comenzó a llorar.
-Tus lagrimas no me chantajearan-intenté tomarla por la cintura pero ella cesó de llorar, me miró con odio y empezó a gritar. Se abalanzó contra mí y utilizó todas sus armas para lastimarme. Estaba fuera de sí, yo no podía controlarla, su peso hizo que resbalara y cayéramos sobre la alfombra, jalé la lámpara y el televisor que cayeron encima de nosotros. El golpe pareció desorientarla pero volvió a echarse sobre mí con furia y no tuve más opción que tomar un pedazo de la pantalla y clavárselo en el pecho. Se convulsionó en un intento por liberarse pero sólo hizo que la herida se hiciera más grande.
Llamé a los de limpieza para que me ayudaran a limpiar y recoger el cadáver, uno de ellos me miró con lastima y me dijo:
-Por eso yo no tengo gatos, amigo.

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