La conocí "por casualidad", sin embargo, como jamás he creido en las coincidencias, fue nuestro destino conocernos.
Bajo la luz de la lluvia, gris el cielo, fría la estancia del hospital, mi madre agonizaba y ella esperaba los resultados de unos análisis.-Disculpe, ¿sabe usted donde está la máquina de café?-me preguntó cortésmente.
-¡Qué me importa! ¡Búsquela!-contesté de mala gana, perdía a la persona más importante de mi vida, ¡era una mujer desconsiderada!
-Perdóneme-dijo avergonzada y se marchó.
Sólo vi sus cabellos castaños larguísimos ondeando por el paso de la brisa y la puerta automática al abrirse.
Llegó el doctor.
-Por favor, dígame, ¿cómo está ella? ¿Qué podemos hacer?
-Nada…Lo siento mucho…la señora Esperanza ha fallecido…-me miró trágicamente y guardó silencio.
No pude hacer nada, sollozar, gritar, golpear al incompetente médico, nada. Di media vuelta y salí a la calle; en la entrada del hospital se formaba una cascada de agua pestilente y grisácea. Ella estaba ahí, bajo el torrente, con la mirada cuajada en gotas que no supe diferenciar si eran lágrimas o lluvia. La imité, dejé que la helada corriente callera sobre mi cabeza hasta que escampó a media noche. Ambos tiritábamos de frío, al respirar podíamos ver nuestros alientos, ella me miraba fijamente y yo a ella; no sabía por qué pero me había acompañado en mi pena en silencio, como lo necesitaba. Quizá ella guardaba otra y yo le había hecho compañía también…nunca lo supe…no lo sabré jamás…
Ariadna me acompañó al cementerio, llevó un ramo de margaritas blancas, las depositó en el montículo de tierra, se ciñó el velo a la frente y se marchó.
Tres meses pasaron después de eso, yo estaba frente a su puerta con un guante negro y una duda: ¿qué demonios estaba haciendo ahí?
-¿Sí?-me respondió cuando abrió la puerta, sólo llevaba una playera de tirante y un short.
-Olvidó esto-le mostré el guante.
-Ah…es una pena…tiré el par el mismo día en que perdí éste…supongo que debería darte las gracias e invitarte a pasar ¿no es así?
-No lo hagas…tómalo…me marcho…
-Vaya si eres obstinado-me sonrió. Se acercó, acarició mi mejilla, me tomó de la mano y me jaló al interior de su departamento; sólo recuerdo de aquella primera vez que puso música de Sinatra y que lucía bella con su cabello desparpajado sobre la sábana blanquísima cuando me fui.Realmente me sentí solo cuando cerré su puerta, llegué a casa y la busqué en el refrigerador y en mi cama; la ciudad lucía vacía, sin calma, sin nada. Necesitaba un baño, me metí en la tina, tiré al cesto mis ropas olorosas a madera, toda ella era un manzano suave y andante. Cuando salí, mi casa olía a madera nueva y chirriante, tenía que ir a trabajar, debí hacer encendido el aire acondicionado porque la casa estaba hecha un palacio de frío cristal. Me embarqué en una trucha amarilla y me dirigí al trabajo.“…Sabía que vendrías…tarde o temprano…”
-Buenos días Pete, llegas tarde ¿dormiste?
-¿Se me nota?-dije.
-Hermano, te conozco…hueles a… ¿madera? ¿Dónde estuviste? ¿En un aserradero? ¿En un bosque?
-Algo parecido-restregué mis párpados.
-Al parecer fue bueno, hoy no te quejas-sonrió.
-Pues empezaré a hacerlo si no quitas esa sonrisa de sorna-levanté una ceja y sin querer le sonreí.
-Bueno compañero, es tiempo de trabajar, el viejo no ha llegado pero seguro pegará de gritos cuando llegue y querrá el diseño para la portada que debiste haber hecho…-me miró inquisitivamente, yo seguía perdido en el gris del cielo-y que por lo visto no hiciste, ¿me equivoco?
-Ya, ya, me pondré a hacerla.
-Más te vale, con el asunto de la crisis, el viejo se ha puesto irascible.
-Ok, dame media hora y estará lista.
-Yo te cubro bro.
Me senté frente a la computadora, la encendí, abrí un archivo nuevo y vi al cursor palpitando; la pantalla era tan blanca, se deslizaba como sus sedosas sábanas, ella estaba bajo esa blancura, podía olerla, escuchar su voz diciendo: “Te he encontrado…te encontré”.
“No puedo más, tengo que verla, otra vez, ahora”. Me levanté, tomé mi chaqueta y me dirigí a la salida.
-Oye Pete, ¿a dónde vas? ¿Qué pasó con el trabajo?
-Brother, dile al viejo que renuncio. Luego nos vemos, adiós.
Partí en busca de su calle, de su mundo…segundo piso, tercera puerta. Toqué, nada, otra vez…dim, dom, dim, dom. Se abrió, me recibe una mujer de mediana edad.
-¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
-¡Quiero ver a Ariadna! ¡He venido a verla!
-Aquí no vive ninguna Adriana, joven se ha equivocado de puerta…
-¡No! ¡Estoy seguro! ¡Estuve aquí hace unas horas! ¡No es posible! ¡Ariadna! ¡Necesito verte! ¡Déjeme pasar señora!-la aparté y entré.
Era un cuarto de anciana, sillones anticuados y muebles polvorientos, viejas lámparas de cristales bien cortados, una televisión encendida con un melodrama dentro, un gato castaño de ojos maliciosos y una mesita con un frutero lleno de manzanas.
-¡NO! ¡No puede ser! ¡No!-salí como loco del departamento, ¿por qué me hacía esto? Tanto tiempo buscándola y justo cuando la encuentro se va; odiaba que hiciera eso.
Vagué hasta muy entrada la noche por las calles de la gran ciudad, atormentado por la idea de hallarla, sin embargo, una amarga esperanza se empecinaba en hacerme creer que la hallaría en mi propia casa, en mi cama. Corrí hasta ella, abrí de un tirón, nada. El teléfono robaba las voces de mi amigo diciendo que no me procupara que él me había cubierto y que descansara.
-“¡Hey bro, ¿qué pasa? ¿Melo contarás? ¿Tu noche misteriosa y tus arranques de locura?” vip. “Pete, empiezas a preocuparme, ¿estás en casa?” vip. “Amigo, contesta, ¿estás bien?” vip.
Después de la media noche dejó de llamar, yo dejaba que la luz del refrigerador congelara el aire y volviera nieve lo que faltaba de la casa.
“No te perdono lo que me hiciste esperar”
Empecé a oler madera en todas partes, las plantas, los desechos del gato de la vecina en mi ventana, la cama, la sala, hasta mi propio sudor frío, todo olía a madera.
-¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!-invoqué.
-Aquí estoy-volteé, ella estaba sobre mi cama echada como una gata.
La miré con rencor, ella jugaba al escondite y me castigaba por mi cobardía; cada vida era igual, yo debía buscarla y ella se escondía a propósito, me hacía rabiar. Se revolvió entre mis sábanas verdes, era una manzana tallada en caoba sobre le pasto verde.
-¡No es justo!-reclamé.
-¡No es divertido!-reclamó-Vamos, quiero un café…-se levantó y tomó mi mano entre la suya, tenía una calidez olvidada por mi cuerpo.
-¿Ahora?-la cuestioné y la retuve.
-Volveremos no te preocupes…
-Es tarde, no hay más tiempo…-volví a replicar para que nos quedáramos.
-Siempre lo hay…-musitó, pero ante mi mirada lastimera, accedió-está bien, ¡será la última vez!
La jalé a mi cuerpo, estaba tibia, su cabello castaño se tiñó de blanco con la luz del congelador, la arrojé a mi lecho con besos, entre sus ropas y las mías…esa noche me dejé llevar.
***
-¡Pete! ¡Abre! ¡Brother!
Nadie respondía.
-¡Por favor, abra!-ordenó el cerrajero, cuando no obtuvo respuesta después de unos minutos entraron.
Todas las habitaciones despedían un hálito helado e impregnado a madera, registraron toda la casa hasta que lo hallaron en su cama, estaba muerto.
Bajo la luz de la lluvia, gris el cielo, fría la estancia del hospital, mi madre agonizaba y ella esperaba los resultados de unos análisis.-Disculpe, ¿sabe usted donde está la máquina de café?-me preguntó cortésmente.
-¡Qué me importa! ¡Búsquela!-contesté de mala gana, perdía a la persona más importante de mi vida, ¡era una mujer desconsiderada!
-Perdóneme-dijo avergonzada y se marchó.
Sólo vi sus cabellos castaños larguísimos ondeando por el paso de la brisa y la puerta automática al abrirse.
Llegó el doctor.
-Por favor, dígame, ¿cómo está ella? ¿Qué podemos hacer?
-Nada…Lo siento mucho…la señora Esperanza ha fallecido…-me miró trágicamente y guardó silencio.
No pude hacer nada, sollozar, gritar, golpear al incompetente médico, nada. Di media vuelta y salí a la calle; en la entrada del hospital se formaba una cascada de agua pestilente y grisácea. Ella estaba ahí, bajo el torrente, con la mirada cuajada en gotas que no supe diferenciar si eran lágrimas o lluvia. La imité, dejé que la helada corriente callera sobre mi cabeza hasta que escampó a media noche. Ambos tiritábamos de frío, al respirar podíamos ver nuestros alientos, ella me miraba fijamente y yo a ella; no sabía por qué pero me había acompañado en mi pena en silencio, como lo necesitaba. Quizá ella guardaba otra y yo le había hecho compañía también…nunca lo supe…no lo sabré jamás…
Ariadna me acompañó al cementerio, llevó un ramo de margaritas blancas, las depositó en el montículo de tierra, se ciñó el velo a la frente y se marchó.
Tres meses pasaron después de eso, yo estaba frente a su puerta con un guante negro y una duda: ¿qué demonios estaba haciendo ahí?
-¿Sí?-me respondió cuando abrió la puerta, sólo llevaba una playera de tirante y un short.
-Olvidó esto-le mostré el guante.
-Ah…es una pena…tiré el par el mismo día en que perdí éste…supongo que debería darte las gracias e invitarte a pasar ¿no es así?
-No lo hagas…tómalo…me marcho…
-Vaya si eres obstinado-me sonrió. Se acercó, acarició mi mejilla, me tomó de la mano y me jaló al interior de su departamento; sólo recuerdo de aquella primera vez que puso música de Sinatra y que lucía bella con su cabello desparpajado sobre la sábana blanquísima cuando me fui.Realmente me sentí solo cuando cerré su puerta, llegué a casa y la busqué en el refrigerador y en mi cama; la ciudad lucía vacía, sin calma, sin nada. Necesitaba un baño, me metí en la tina, tiré al cesto mis ropas olorosas a madera, toda ella era un manzano suave y andante. Cuando salí, mi casa olía a madera nueva y chirriante, tenía que ir a trabajar, debí hacer encendido el aire acondicionado porque la casa estaba hecha un palacio de frío cristal. Me embarqué en una trucha amarilla y me dirigí al trabajo.“…Sabía que vendrías…tarde o temprano…”
-Buenos días Pete, llegas tarde ¿dormiste?
-¿Se me nota?-dije.
-Hermano, te conozco…hueles a… ¿madera? ¿Dónde estuviste? ¿En un aserradero? ¿En un bosque?
-Algo parecido-restregué mis párpados.
-Al parecer fue bueno, hoy no te quejas-sonrió.
-Pues empezaré a hacerlo si no quitas esa sonrisa de sorna-levanté una ceja y sin querer le sonreí.
-Bueno compañero, es tiempo de trabajar, el viejo no ha llegado pero seguro pegará de gritos cuando llegue y querrá el diseño para la portada que debiste haber hecho…-me miró inquisitivamente, yo seguía perdido en el gris del cielo-y que por lo visto no hiciste, ¿me equivoco?
-Ya, ya, me pondré a hacerla.
-Más te vale, con el asunto de la crisis, el viejo se ha puesto irascible.
-Ok, dame media hora y estará lista.
-Yo te cubro bro.
Me senté frente a la computadora, la encendí, abrí un archivo nuevo y vi al cursor palpitando; la pantalla era tan blanca, se deslizaba como sus sedosas sábanas, ella estaba bajo esa blancura, podía olerla, escuchar su voz diciendo: “Te he encontrado…te encontré”.
“No puedo más, tengo que verla, otra vez, ahora”. Me levanté, tomé mi chaqueta y me dirigí a la salida.
-Oye Pete, ¿a dónde vas? ¿Qué pasó con el trabajo?
-Brother, dile al viejo que renuncio. Luego nos vemos, adiós.
Partí en busca de su calle, de su mundo…segundo piso, tercera puerta. Toqué, nada, otra vez…dim, dom, dim, dom. Se abrió, me recibe una mujer de mediana edad.
-¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
-¡Quiero ver a Ariadna! ¡He venido a verla!
-Aquí no vive ninguna Adriana, joven se ha equivocado de puerta…
-¡No! ¡Estoy seguro! ¡Estuve aquí hace unas horas! ¡No es posible! ¡Ariadna! ¡Necesito verte! ¡Déjeme pasar señora!-la aparté y entré.
Era un cuarto de anciana, sillones anticuados y muebles polvorientos, viejas lámparas de cristales bien cortados, una televisión encendida con un melodrama dentro, un gato castaño de ojos maliciosos y una mesita con un frutero lleno de manzanas.
-¡NO! ¡No puede ser! ¡No!-salí como loco del departamento, ¿por qué me hacía esto? Tanto tiempo buscándola y justo cuando la encuentro se va; odiaba que hiciera eso.
Vagué hasta muy entrada la noche por las calles de la gran ciudad, atormentado por la idea de hallarla, sin embargo, una amarga esperanza se empecinaba en hacerme creer que la hallaría en mi propia casa, en mi cama. Corrí hasta ella, abrí de un tirón, nada. El teléfono robaba las voces de mi amigo diciendo que no me procupara que él me había cubierto y que descansara.
-“¡Hey bro, ¿qué pasa? ¿Melo contarás? ¿Tu noche misteriosa y tus arranques de locura?” vip. “Pete, empiezas a preocuparme, ¿estás en casa?” vip. “Amigo, contesta, ¿estás bien?” vip.
Después de la media noche dejó de llamar, yo dejaba que la luz del refrigerador congelara el aire y volviera nieve lo que faltaba de la casa.
“No te perdono lo que me hiciste esperar”
Empecé a oler madera en todas partes, las plantas, los desechos del gato de la vecina en mi ventana, la cama, la sala, hasta mi propio sudor frío, todo olía a madera.
-¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!-invoqué.
-Aquí estoy-volteé, ella estaba sobre mi cama echada como una gata.
La miré con rencor, ella jugaba al escondite y me castigaba por mi cobardía; cada vida era igual, yo debía buscarla y ella se escondía a propósito, me hacía rabiar. Se revolvió entre mis sábanas verdes, era una manzana tallada en caoba sobre le pasto verde.
-¡No es justo!-reclamé.
-¡No es divertido!-reclamó-Vamos, quiero un café…-se levantó y tomó mi mano entre la suya, tenía una calidez olvidada por mi cuerpo.
-¿Ahora?-la cuestioné y la retuve.
-Volveremos no te preocupes…
-Es tarde, no hay más tiempo…-volví a replicar para que nos quedáramos.
-Siempre lo hay…-musitó, pero ante mi mirada lastimera, accedió-está bien, ¡será la última vez!
La jalé a mi cuerpo, estaba tibia, su cabello castaño se tiñó de blanco con la luz del congelador, la arrojé a mi lecho con besos, entre sus ropas y las mías…esa noche me dejé llevar.
***
-¡Pete! ¡Abre! ¡Brother!
Nadie respondía.
-¡Por favor, abra!-ordenó el cerrajero, cuando no obtuvo respuesta después de unos minutos entraron.
Todas las habitaciones despedían un hálito helado e impregnado a madera, registraron toda la casa hasta que lo hallaron en su cama, estaba muerto.

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