Sobre mi cama pensé en lo que pudo acontecer, su proposición me había dejado intrigado. Me di vuelta revolviendo mis sábanas, no vi nada a través de mi ventana diminuta, me había dejado una sensación en el paladar de tener la lengua pegada.
-¡Lo único que quiero es un hijo tuyo!-me gritó.
¿Qué podía hacer? ¿Llevarla al motel más cercano y tomarla? Nunca me había planteado la existencia de un hijo en mi vida pero sentí que no podía hacerlo, por eso la dejé en medio de la acera y me marché. ¿Era un cobarde? No lo sabía, pero creí que era lo mejor, mañana veríamos qué hacer.
Sonó el teléfono, busqué mi celular, estaba en la bolsa trasera de mi pantalón, me levanté en bóxers y contesté.
-¿Bueno?
-Leonardo ¡te necesito! ¡Es de vida o muerte! ¡Si no vienes a mi departamento pasará una desgracia!-colgó.
No tuve tiempo para pedir explicaciones ni rehusarme, sus sollozos aderezados por unas lágrimas imaginarias me convencieron. Me vestí nuevamente y salí a buscar a Karla, sabía que no era capaz de hacer algo en su contra pero últimamente estaba muy histérica, así que temí.
Las calles estaban húmedas por el rumor de tormenta asechando al doblar de la esquina, a pesar de que ya era muy tarde, había automóviles en el centro de la ciudad. Karla vivía en el tercer piso de un edificio para estudiantes, vi sus luces apagadas y no me pareció extraño pues ella siempre iluminaba su departamento con velas; tenía un montón de objetos raros que yo creía eran amuletos, solo sabía que le encantan las cosas relacionadas con la brujería. Después de subir las escaleras, miré el número 17 de su puerta y tuve la idea de regresar, pero justo en ese momento oí una voz masculina proveniente del interior:
-¿Qué vas a hacer zorra? No te hagas la santa…
Yo corrí a golpear su puerta con todas mis fuerzas, quería tirarla, me asusté por ella.
-¡Karla! ¡Soy yo, Leo! ¡Ábreme!-grité sin importarme los vecinos que dormían.
La puerta se abrió lentamente, el cuarto estaba a oscuras, de la recamara salía una especie de luz parecida a la del televisor.
-¿Karla? ¿Donde estás? ¿Te encuentras bien? Escuché a alguien y creí…
-¿Te preocupaste por mí?-su voz provino de atrás de la puerta, entré y la cerró de golpe. Busqué inmediatamente el dueño de la voz y me di cuenta de la trampa.
-¿Así que has planeado esta puesta en escena para traerme hasta aquí? Pues déjame decirte que no caeré en tus juegos, has caído muy…
Me besó, ya había probado esos labios infinidad de veces pero ahora ya me eran extraños. La aparté de mi pecho.
-¡No Karla! ¡Entiéndelo! ¡Ya no más!
Ella estaba parada frente a mí con sus ojos centelleantes de gata en la oscuridad, se desató la bata de seda negra que traía y dejó al descubierto su cuerpo de mármol. Era tan bella, cada contorno tan redondo y bien formado, sus pezones castaño claro destacaban como jacintos en flor y la mata de hierba oscura y venenosa me incitaba al pecado. Ella sólo me miraba, yo no sabía qué hacer.
-Por favor…cúbrete…-balbuceé, pero ella se quedó ahí, quieta sin pronunciar palabra ni dejar de mirarme. Entonces temí que se me acercara, me cuestioné si tendría la fuerza para rechazarla como momentos antes. Tomé un poco de valor y me acerqué para recoger la bata; ella aprovechó mi guardia baja para acercarse.
-Leonardo-pronunció parsimoniosamente. Me acarició la mejilla, era una escultura griega seduciéndome. Su voz me hipnotizaba, ella lo sabía, me hacía temblar y desear que me dijera aquellas rimas de antiguos poetas que juntos descubrimos.
Yo me levanté y le puse la bata, su piel era tan tersa que seda y piel se fundían y confundían en una.
-Karla… ¿No lo entiendes? Lo nuestro ya no pueden ser…me eres extraña…las cosas entre nosotros han cambiado…
Ella seguía callada, sólo me miraba, me sorprendía que no pestañeara, como si no me diera oportunidad de escabullirme en cualquier segundo.
-Leonardo-volvió a decir como si pronunciara un extraño conjuro, uno que me atara a ella por siempre. De pronto, en algún lugar remoto, empezaron a sonar campanadas, no tenía ni idea de qué hora era, empecé a contarlas bajo la mirada inquebrantable de Karla …uno…dos…tres… una gota rodó por mi barbilla …cuatro…cinco…seis… con mi mano derecha toqué el líquido tibio y turbio, no sé por qué lo llevé a mi boca …siete…ocho…nueve… ¡Era mi sangre!, corría en pequeñas proporciones por mis labios pero no entendía nada …diez…once…
-Leonardo…
Doce…Era justamente la hora de mi condenación. Ella rió temiblemente, sus labios, iluminados por un rayo proveniente de su habitación, me dejaron ver mi sangre entre ellos. No lograba entender a ciencia cierta qué había pasado, pero esa última campanada me produjo un escalofrío.
-Mi amor, ahora estaremos juntos hasta el fin de los tiempos, tu sangre y la mía se han unido en un acto de amor, ya nadie podrá separarnos.-Sus palabras me resultaron aterradoras más por su tono que por su sentido.
-¿De qué estás hablando?, te aseguro que si pretendes montar otra farsa…
-¡Ven!-ordenó. Sin saber cómo o por qué obedecí; mis brazos, mis piernas, mi cuerpo se movieron normalmente hacia quien los convocaba. Cuando ya estaba cerca, me miró a los ojos y un destello color violeta brilló en su pupila izquierda.
-¡Bésame!-volvió a ordenarme. La tomé entre mis brazos y la besé tan apasionadamente como pude. No entendía cómo hacía esto, realmente estaba controlado por ella, pero ¿cómo?
-¿Lo ves mi amor? Ya no puedes resistirte, eres mío y yo soy tuya, ámame como debiste haberlo hecho siempre, como olvidaste hacerlo hace tiempo. ¡Hazme el amor como lo haremos todas las noches de la eternidad!
Le destrocé la bata de seda negra, le besé el cuello y cada uno de sus senos, mordí su vientre y besé sus labios hasta que gritara de placer; cuando me lo pidió la penetré y ambos sentimos el éxtasis. Caí rendido, mi pene, ya abatido y lleno de semen, rogaba por un descanso; ella se acurrucó a mi lado en “nuestra” cama y durmió plácidamente.
¿Por qué lo había hecho? Aún seguía sin amarla, sin querer estar a su lado, aún sentía la repugnancia que me generaba su presencia, ¿cómo había logrado hechizarme?
-Ya te lo dije mi amor-dijo leyendo mis pensamientos-ahora tenemos la misma sangre, pronunciaste mi nombre tres veces al igual que yo, antes de medianoche, el conjuro se completó y ¡ahora serás mi amante…por… siempre!

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