viernes, 9 de marzo de 2012

Tango

Te miro entre la gente y me acerco a ti, ¿qué hace un ángel como tú en este tugurio?, me pregunto.
Te saludo y en un rose de pieles aprovecho para besarte cerca de los labios.
No hay duda, eres quien he buscado.
Me invitas a bailar y con una sonrisa carmín acepto.
Los compases son lentos y cadenciosos, sé que esta noche será sólo para ti.
Una improvisada vuelta me acerca a ti y nuestras respiraciones se mezclan, las miradas lo hacen también, nuestros cuerpos bailan al son de la pasión.
Versos de lujuria aparecieron en mis manos, los leíste en mis caricias y escribimos aquella noche un soneto sobre una pista de baile.
Ése sólo sería el inicio de la antología poética que compondríamos esa noche.
Las miradas curiosas rompían el encanto, los fuegos en nuestros ojos centelleaban a la media luz del lugar, los espectadores de nuestro largometraje apenas si verían una pequeña parte.
Tango has dicho, veamos entonces qué pasa; no dejes que la intensidad se apague, recorre con la palma esta piel que clama por su contacto.
Une a dos almas en un paso de baile y dos cuerpos en un mismo lecho.
Vamos, sigue al bandoleón y su canto incitante.
Que sienta en mi vientre la fuerza de tu mirada, que tus besos recorran mis pechos con la misma voracidad que lo hacen tus pasos en esta danza que es fuego para la sangre.
Despójate de los complejos, despójame también de mis inservibles atavíos, ambos ahora no nos servirán más que de estorbo.
Que la gente mire, no importa, para qué encerrarnos entre cuatro paredes y dos sabanas cuando a plena danza el fragor de las carnes es más apetecible.
Lo que digan está de más, la verde envidia corroerá sus palabras ya cuando nosotros estemos embriagados de este licor de seducción.
Busca entre los pliegues escarlata la llamarada que tiene tu imagen, hace mucho tiempo que no bebo el néctar de la flor, ¡cuanta sed me ha provocado este baile!, tengo ansias de tu semilla, tomar aquello que sólo yo podría saborear con la desaforada locura con la que me deseas.
Es posible que las huellas de mis besos marquen más que tu piel, borren el pudor y acorralen a la decencia; ahora se te abren como ramos de jazmines, los labios que piden un beso impúdico pero que tanto placer nos traería.
Ya me has enamorado con tus movimientos sensuales, deja que yo te apasione con mis caderas entalladas en un vestido rubí.
No me sueltes, mantenme así entre tus brazos, arráncame esta obsesión por probar cada recoveco de la tez morena que me quema.
Late en mi interior una irreverencia, ahuyento a la prudencia y me entrego toda a la marea que oscila entre tus piernas, si pudieras ver que entre las mías te espera la promesa de una memoria inolvidable.
Apaguen las luces, las sombras serán nuestras sábanas y este son el lecho donde haremos el milagro del amor, hoy daremos vida a lo imposible y pecadores caeremos porque comeremos del fruto prohibido.
No me hagas esperar, quiero conocer los secretos del bien y el mal, que si me condeno a las llamas del infierno sea porque arde entre mis muslos un fuego más intenso.
Ahora que nada nos cubre, ahora que Adán y Eva saben su poder, llega hasta donde nadie ha llegado, abre la brecha del sendero que sólo una vez será surcado.
Tú, su dueño y autor, tendrás el privilegio de recorrerlo cuantas veces nos plazca.
Ahoguémonos en las aguas de la fascinación, que los sudores en piel sea la miel del manjar de las carnes en éxtasis.
Ya hallaremos más de una vez la cumbre de estos acordes sugestivos, música prohibida para los mortales, ahora que somos dioses de la noche gobernemos sobre nuestros latidos.

LEO

Sobre mi cama pensé en lo que pudo acontecer, su proposición me había dejado intrigado. Me di vuelta revolviendo mis sábanas, no vi nada a través de mi ventana diminuta, me había dejado una sensación en el paladar de tener la lengua pegada.
-¡Lo único que quiero es un hijo tuyo!-me gritó.
¿Qué podía hacer? ¿Llevarla al motel más cercano y tomarla? Nunca me había planteado la existencia de un hijo en mi vida pero sentí que no podía hacerlo, por eso la dejé en medio de la acera y me marché. ¿Era un cobarde? No lo sabía, pero creí que era lo mejor, mañana veríamos qué hacer.
Sonó el teléfono, busqué mi celular, estaba en la bolsa trasera de mi pantalón, me levanté en bóxers y contesté.
-¿Bueno?
-Leonardo ¡te necesito! ¡Es de vida o muerte! ¡Si no vienes a mi departamento pasará una desgracia!-colgó.
No tuve tiempo para pedir explicaciones ni rehusarme, sus sollozos aderezados por unas lágrimas imaginarias me convencieron. Me vestí nuevamente y salí a buscar a Karla, sabía que no era capaz de hacer algo en su contra pero últimamente estaba muy histérica, así que temí.
Las calles estaban húmedas por el rumor de tormenta asechando al doblar de la esquina, a pesar de que ya era muy tarde, había automóviles en el centro de la ciudad. Karla vivía en el tercer piso de un edificio para estudiantes, vi sus luces apagadas y no me pareció extraño pues ella siempre iluminaba su departamento con velas; tenía un montón de objetos raros que yo creía eran amuletos, solo sabía que le encantan las cosas relacionadas con la brujería. Después de subir las escaleras, miré el número 17 de su puerta y tuve la idea de regresar, pero justo en ese momento oí una voz masculina proveniente del interior:
-¿Qué vas  a hacer zorra? No te hagas la santa…
Yo corrí a golpear su puerta con todas mis fuerzas, quería tirarla, me asusté por ella.
-¡Karla! ¡Soy yo, Leo! ¡Ábreme!-grité sin importarme los vecinos que dormían.
La puerta se abrió lentamente, el cuarto estaba a oscuras, de la recamara salía una especie de luz parecida a la del televisor.
-¿Karla? ¿Donde estás? ¿Te encuentras bien? Escuché a alguien y creí…
-¿Te preocupaste por mí?-su voz provino de atrás de la puerta, entré y la cerró de golpe. Busqué inmediatamente el dueño de la voz y me di cuenta de la trampa.
-¿Así que has planeado esta puesta en escena para traerme hasta aquí? Pues déjame decirte que no caeré en tus juegos, has caído muy…
Me besó, ya había probado esos labios infinidad de veces pero ahora ya me eran extraños. La aparté de mi pecho.
-¡No Karla! ¡Entiéndelo! ¡Ya no más!
Ella estaba parada frente a mí con sus ojos centelleantes de gata en la oscuridad, se desató la bata de seda negra que traía y dejó al descubierto su cuerpo de mármol. Era tan bella, cada contorno tan redondo y bien formado, sus pezones castaño claro destacaban como jacintos en flor y la mata de hierba oscura y venenosa me incitaba al pecado. Ella sólo me miraba, yo no sabía qué hacer.
-Por favor…cúbrete…-balbuceé, pero ella se quedó ahí, quieta sin pronunciar palabra ni dejar de mirarme. Entonces temí que se me acercara, me cuestioné si tendría la fuerza para rechazarla como momentos antes. Tomé un poco de valor y me acerqué para recoger la bata; ella aprovechó mi guardia baja para acercarse.
-Leonardo-pronunció parsimoniosamente. Me acarició la mejilla, era una escultura griega seduciéndome. Su voz me  hipnotizaba, ella lo sabía, me hacía temblar y desear que me dijera aquellas rimas de antiguos poetas que juntos descubrimos.
Yo me levanté y le puse la bata, su piel era tan tersa que seda y piel se fundían y confundían en una.
-Karla… ¿No lo entiendes? Lo nuestro ya no pueden ser…me eres extraña…las cosas entre nosotros han cambiado…
Ella seguía callada, sólo me miraba, me sorprendía que no pestañeara, como si no me diera oportunidad de escabullirme en cualquier segundo.
-Leonardo-volvió a decir como si pronunciara un extraño conjuro, uno que me atara a ella por siempre. De pronto, en algún lugar remoto, empezaron a sonar campanadas, no tenía ni idea de qué hora era, empecé a contarlas bajo la mirada inquebrantable de Karla …uno…dos…tres… una gota rodó por mi barbilla …cuatro…cinco…seis… con mi mano derecha toqué el líquido tibio y turbio, no sé por qué lo llevé a mi boca …siete…ocho…nueve… ¡Era mi sangre!, corría en pequeñas proporciones por mis labios pero no entendía nada …diez…once…
-Leonardo…
Doce…Era justamente la hora de mi condenación. Ella rió temiblemente, sus labios, iluminados por un rayo proveniente de su habitación, me dejaron ver mi sangre entre ellos. No lograba entender a ciencia cierta qué había pasado, pero esa última campanada me produjo un escalofrío.
-Mi amor, ahora estaremos juntos hasta el fin de los tiempos, tu sangre y la mía se han unido en un acto de amor, ya nadie podrá separarnos.-Sus palabras me resultaron aterradoras más por su tono que por su sentido.
-¿De qué estás hablando?, te aseguro que si pretendes montar otra farsa…
-¡Ven!-ordenó. Sin saber cómo o por qué obedecí; mis brazos, mis piernas, mi cuerpo se movieron normalmente hacia quien los convocaba. Cuando ya estaba cerca, me miró a los ojos y un destello color violeta brilló en su pupila izquierda.
-¡Bésame!-volvió a ordenarme. La tomé entre mis brazos y la besé tan apasionadamente como pude. No entendía cómo hacía esto, realmente estaba controlado por ella, pero ¿cómo?
-¿Lo ves mi amor? Ya no puedes resistirte, eres mío y yo soy tuya, ámame como debiste haberlo hecho siempre, como olvidaste hacerlo hace tiempo. ¡Hazme el amor como lo haremos todas las noches de la eternidad!
Le destrocé la bata de seda negra, le besé el cuello y cada uno de sus senos, mordí su vientre y besé sus labios hasta que gritara de placer; cuando me lo pidió la penetré y ambos sentimos el éxtasis. Caí rendido, mi pene, ya abatido y lleno de semen, rogaba por un descanso; ella se acurrucó a mi lado en “nuestra” cama y durmió plácidamente.
¿Por qué lo había hecho? Aún seguía sin amarla, sin querer estar a su lado, aún sentía la repugnancia que me generaba su presencia, ¿cómo había logrado hechizarme?
-Ya te lo dije mi amor-dijo leyendo mis pensamientos-ahora tenemos la misma sangre, pronunciaste mi nombre tres veces al igual que yo, antes de medianoche, el conjuro se completó y ¡ahora serás mi amante…por… siempre!

jueves, 8 de marzo de 2012

Parra

La sangre empezó a esparcirse por la alfombra llegando hasta las patas de la mesita del teléfono. Tenía las manos cubiertas de sangre; no podía creer que había sido capaz. Se lo advertí, pero no quiso escucharme. Ese fue el problema desde el principio, nunca quiso escucharme. Y ahora  estaba ahí tirada sobre la alfombra con las tripas de fuera.
Cuando la conocí era tierna y coqueta, siempre venía a mí con una enorme sonrisa y dejaba que la mirara de lejos. Nos encontramos en el parque la primera vez, yo iba al trabajo y ella regresaba de una noche de farra. Estaba sentada en una banca, como tirada al sol y me senté junto de ella para hacerle compañía. No le dije nada porque parecía dormir y no quise despertarla, pero de inmediato se dio cuenta de mi presencia y se marchó.
La segunda vez, chocamos sin querer en un callejón y la tercera vino a mi casa porque llovía a cantaros. No quise dejarla ir y desde entonces empezamos a vivir juntos. Fue la novedad por varias semanas, me gustaba consentirla, le preparaba una cena especial todas las noches; pronto descubrí que odiaba el pescado pero amaba los dulces de leche; también le gustaba dormir hasta tarde y salir con sus amigos todas las noches. Eso no me molestaba pero de vez en cuando venían los vecinos a quejarse por el escándalo.
Los problemas empezaron cuando traje a casa a mi jefe y a su esposa. La señora era toda una hermosa dama y simpatizó conmigo demasiado rápido. Creo que eso le enfadó pero no dijo nada, sólo planeó el momento perfecto para tirarle encima la sopa caliente que yo había preparado para la ocasión. Estaba enfadado, no iba a permitirle que me hiciera escenas de celos que podrían costarme el trabajo. No le hablé en dos días pero ella siempre se acurrucaba junto a mí en la cama y me daba besos para que la perdonara.
Desde ese día las cosas se tornaron sombrías: se peleó con la vecina y le rompió toda la ropa porque me regaló una gardenia; intentó tirar de la escalera a mi prima cuando vino a visitarme y casi muerde a mi mamá cuando nos encontró abrazados.
Se había vuelto loca, aunque yo la amaba, debía detenerla. La llevé con un especialista y le mandó un tratamiento pero no funcionó. Ella no quería tomar las medicinas y se escapaba de casa, luego regresaba de madrugada arrepentida, yo me compadecía de ella y volvíamos a empezar el círculo vicioso. Yo empezaba a hartarme.
La noche en que salí con Laura, mi mejor amiga del trabajo, ella me siguió hasta el restaurante, armó un desastre y estuvo a punto de hacer que nos vetaran del lugar de por vida cuando tiró al chef sobre la barra de postres. Cada vez que regresaba del trabajo encontraba toda mi ropa echa girones, los platos rotos, la comida tirada en el suelo, restos de animales muertos en la alacena…Había sido suficiente. Intenté echarla.
-Vete, ya no quiero verte más-le dije pero ella comenzó a llorar.
-Tus lagrimas no me chantajearan-intenté tomarla por la cintura pero ella cesó de llorar, me miró con odio y empezó a gritar. Se abalanzó contra mí y utilizó todas sus armas para lastimarme. Estaba fuera de sí, yo no podía controlarla, su peso hizo que resbalara y cayéramos sobre la alfombra, jalé la lámpara y el televisor que cayeron encima de nosotros. El golpe pareció desorientarla pero volvió a echarse sobre mí con furia y no tuve más opción que tomar un pedazo de la pantalla y clavárselo en el pecho. Se convulsionó en un intento por liberarse pero sólo hizo que la herida se hiciera más grande.
Llamé a los de limpieza para que me ayudaran a limpiar y recoger el cadáver, uno de ellos me miró con lastima y me dijo:
-Por eso yo no tengo gatos, amigo.

Mi media manzana

La conocí "por casualidad", sin embargo, como jamás he creido en las coincidencias, fue nuestro destino conocernos.
Bajo la luz de la lluvia, gris el cielo, fría la estancia del hospital, mi madre agonizaba y ella esperaba los resultados de unos análisis.
-Disculpe, ¿sabe usted donde está la máquina de café?-me preguntó cortésmente.
-¡Qué me importa! ¡Búsquela!-contesté de mala gana, perdía a la persona más importante de mi vida, ¡era una mujer desconsiderada!
-Perdóneme-dijo avergonzada y se marchó.
Sólo vi sus cabellos castaños larguísimos ondeando por el paso de la brisa y la puerta automática al abrirse.
Llegó el doctor.
-Por favor, dígame, ¿cómo está ella? ¿Qué podemos hacer?
-Nada…Lo siento mucho…la señora Esperanza ha fallecido…-me miró trágicamente y guardó silencio.


No pude hacer nada, sollozar, gritar, golpear al incompetente médico, nada. Di media vuelta y salí a la calle; en la entrada del hospital se formaba una cascada de agua pestilente y grisácea. Ella estaba ahí, bajo el torrente, con la mirada cuajada en gotas que no supe diferenciar si eran lágrimas o lluvia. La imité, dejé que la helada corriente callera sobre mi cabeza hasta que escampó a media noche. Ambos tiritábamos de frío, al respirar podíamos ver nuestros alientos, ella me miraba fijamente y yo a ella; no sabía por qué pero me había acompañado en mi pena en silencio, como lo necesitaba. Quizá ella guardaba otra y yo le había hecho compañía también…nunca lo supe…no lo sabré jamás…
Ariadna me acompañó al cementerio, llevó un ramo de margaritas blancas, las depositó en el montículo de tierra, se ciñó el velo a la frente y se marchó.

Tres meses pasaron después de eso, yo estaba frente a su puerta con un guante negro y una duda: ¿qué demonios estaba haciendo ahí?
-¿Sí?-me respondió cuando abrió la puerta, sólo llevaba una playera de tirante y un short.
-Olvidó esto-le mostré el guante.
-Ah…es una pena…tiré el par el mismo día en que perdí éste…supongo que debería darte las gracias e invitarte a pasar ¿no es así?
-No lo hagas…tómalo…me marcho…
-Vaya si eres obstinado-me sonrió. Se acercó, acarició mi mejilla, me tomó de la mano y me jaló al interior de su departamento; sólo recuerdo de aquella primera vez que puso música de Sinatra y que lucía bella con su cabello desparpajado sobre la sábana blanquísima cuando me fui.
Realmente me sentí solo cuando cerré su puerta, llegué a casa y la busqué en el refrigerador y en mi cama; la ciudad lucía vacía, sin calma, sin nada. Necesitaba un baño, me metí en la tina, tiré al cesto mis ropas olorosas a madera, toda ella era un manzano suave y andante. Cuando salí, mi casa olía a madera nueva y chirriante, tenía que ir a trabajar, debí hacer encendido el aire acondicionado porque la casa estaba hecha un palacio de frío cristal. Me embarqué en una trucha amarilla y me dirigí al trabajo.“…Sabía que vendrías…tarde o temprano…”

-Buenos días Pete, llegas tarde ¿dormiste?
-¿Se me nota?-dije.
-Hermano, te conozco…hueles a… ¿madera? ¿Dónde estuviste? ¿En un aserradero? ¿En un bosque?
-Algo parecido-restregué mis párpados.
-Al parecer fue bueno, hoy no te quejas-sonrió.
-Pues empezaré a hacerlo si no quitas esa sonrisa de sorna-levanté una ceja y sin querer le sonreí.
-Bueno compañero, es tiempo de trabajar, el viejo no ha llegado pero seguro pegará de gritos cuando llegue y querrá el diseño para la portada que debiste haber hecho…-me miró inquisitivamente, yo seguía perdido en el gris del cielo-y que por lo visto no hiciste, ¿me equivoco?
-Ya, ya, me pondré a hacerla.
-Más te vale, con el asunto de la crisis, el viejo se ha puesto irascible.
-Ok, dame media hora y estará lista.
-Yo te cubro bro.
Me senté frente a la computadora, la encendí, abrí un archivo nuevo y vi al cursor palpitando; la pantalla era tan blanca, se deslizaba como sus sedosas sábanas, ella estaba bajo esa blancura, podía olerla, escuchar su voz diciendo: “Te he encontrado…te encontré”.
“No puedo más, tengo que verla, otra vez, ahora”. Me levanté, tomé mi chaqueta y me dirigí a la salida.
-Oye Pete, ¿a dónde vas? ¿Qué pasó con el trabajo?
-Brother, dile al viejo que renuncio. Luego nos vemos, adiós.
Partí en busca de su calle, de su mundo…segundo piso, tercera puerta. Toqué, nada, otra vez…dim, dom, dim, dom. Se abrió, me recibe una mujer de mediana edad.
-¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
-¡Quiero ver a Ariadna! ¡He venido a verla!
-Aquí no vive ninguna Adriana, joven se ha equivocado de puerta…
-¡No! ¡Estoy seguro! ¡Estuve aquí hace unas horas! ¡No es posible! ¡Ariadna! ¡Necesito verte! ¡Déjeme pasar señora!-la aparté y entré.
Era un cuarto de anciana, sillones anticuados y muebles polvorientos, viejas lámparas de cristales bien cortados, una televisión encendida con un melodrama dentro, un gato castaño de ojos maliciosos y una mesita con un frutero lleno de manzanas.
-¡NO! ¡No puede ser! ¡No!-salí como loco del departamento, ¿por qué me hacía esto? Tanto tiempo buscándola y justo cuando la encuentro se va; odiaba que hiciera eso.


Vagué hasta muy entrada la noche por las calles de la gran ciudad, atormentado por la idea de hallarla, sin embargo, una amarga esperanza se empecinaba en hacerme creer que la hallaría en mi propia casa, en mi cama. Corrí hasta ella, abrí de un tirón, nada. El teléfono robaba las voces de mi amigo diciendo que no me procupara que él me había cubierto y que descansara.
-“¡Hey bro, ¿qué pasa? ¿Melo contarás? ¿Tu noche misteriosa y tus arranques de locura?” vip. “Pete, empiezas a preocuparme, ¿estás en casa?” vip. “Amigo, contesta, ¿estás bien?” vip.
Después de la media noche dejó de llamar, yo dejaba que la luz del refrigerador congelara el aire y volviera nieve lo que faltaba de la casa.

“No te perdono lo que me hiciste esperar”

Empecé a oler madera en todas partes, las plantas, los desechos del gato de la vecina en mi ventana, la cama, la sala, hasta mi propio sudor frío, todo olía a madera.
-¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!-invoqué.

-Aquí estoy-volteé, ella estaba sobre mi cama echada como una gata.

La miré con rencor, ella jugaba al escondite y me castigaba por mi cobardía; cada vida era igual, yo debía buscarla y ella se escondía a propósito, me hacía rabiar. Se revolvió entre mis sábanas verdes, era una manzana tallada en caoba sobre le pasto verde.
-¡No es justo!-reclamé.
-¡No es divertido!-reclamó-Vamos, quiero un café…-se levantó y tomó mi mano entre la suya, tenía una calidez olvidada por mi cuerpo.
-¿Ahora?-la cuestioné y la retuve.
-Volveremos no te preocupes…
-Es tarde, no hay más tiempo…-volví a replicar para que nos quedáramos.
-Siempre lo hay…-musitó, pero ante mi mirada lastimera, accedió-está bien, ¡será la última vez!
La jalé a mi cuerpo, estaba tibia, su cabello castaño se tiñó de blanco con la luz del congelador, la arrojé a mi lecho con besos, entre sus ropas y las mías…esa noche me dejé llevar.

***
-¡Pete! ¡Abre! ¡Brother!
Nadie respondía.
-¡Por favor, abra!-ordenó el cerrajero, cuando no obtuvo respuesta después de unos minutos entraron.
Todas las habitaciones despedían un hálito helado e impregnado a madera, registraron toda la casa hasta que lo hallaron en su cama, estaba muerto.